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             Siempre que bajaba a la playa veía dos mujeres jóvenes. Una era pequeña y aniñada, con el pelo corto y la cara redonda y alegre; la otra parecía vikinga, espléndida de cuerpo y cara. Durante el día iban solas. Los extranjeros siempre hablaban unos con otros, porque en esa playa había una sola tienda de comestibles y todo el mundo se encontraba en la pequeña oficina de correos. Pero las dos mujeres nunca hablaban con nadie. La alta era hermosa, de cejas pobladas, la melena espesa y oscura, y los ojos… azul pálido densamente guarnecidos de pestañas. 

 

Yo siempre la miraba con admiración. Su secreto me preocupaba. 

 

No eran alegres. Vivían una especie de vida hipnótica. Nadaban apaciblemente y se tendían en la arena a leer. 

Entonces llegó la tramontana, ese viento caliente africano. Duró varios días. No sólo es caliente y seco, sino que avanza en remolinos, girando enfebrecidamente, envolviéndolo a uno, golpeándolo, batiendo las puertas, rompiendo cierres, metiendo arenilla en los ojos y en la garganta, secándolo todo e irritando los nervios. 

 

No se puede dormir, no se puede pasear, no se puede estar tranquilo, no se puede leer. La cabeza se arremolina exactamente igual que el viento. 

Una mañana me había cogido la tramontana cuando aún me quedaba media hora de camino hasta mi casa. Las dos mujeres iban delante de mí, sujetándose las faldas que el viento trataba de ponerles en la cabeza. Al pasar por delante de su casa me vieron luchando contra el polvo y el calor cegador y dijeron:

¡Entre!  Siga y espere hasta que la Tramontana se calme. 

Entramos en la casa juntos. Vivían en una torre árabe que habían comprado por muy poco dinero. Las viejas puertas no cerraban bien y el viento las abría una vez tras otra. Me senté con ellas en una gran habitación circular, hecha de piedra y con muebles campesinos. La más joven salió hacia la cocina para hacer té. Me senté junto a la princesa vikinga cuya cara estaba enrojecida por la fiebre de la tramontana.

 

  • Este viento me volverá loca si no para dijo.

 

Se levantó varias veces a cerrar las puertas. Era exactamente como si un intruso quisiera penetrar en la habitación y cada vez fuera rechazado, para al cabo de un tiempo conseguir de nuevo abrir la puerta. La vikinga sabía que no tenía fuerzas para impedir completamente que entrara en la habitación de la torre aquello que el viento empujaba, entonces comenzó a hablar. Habló como si estuviera en un confesionario, en un sombrío confesionario católico, con los ojos agachados, evadiendo la cara del sacerdote y buscando ser sincera y recordarlo todo.

Creía que iba a poder encontrar aquí la paz, pero desde que comenzó este viento escomo si hubiera revivido todo lo que yo deseaba olvidar.

 

Nací en una de las ciudades más aburridas del oeste de los Estados Unidos. Pasaba los días leyendo sobre países extraños y estaba decidida a vivir en el extranjero a cualquier precio. Me enamoré de mi marido desde antes de conocerlo porque había oído decir que vivía en China.

 

Cuando él se enamoró de mí, lo esperaba como si hubiera estado planeado de antemano. 

 

Yo me casé con China no con él. 

 

No podía verlo como un hombre normal. Era alto, encorvado, de unos treinta y cinco años, pero parecía mayor. Su vida en China había sido difícil. Hablaba vagamente de sus actividades: había hecho muchas cosas para ganar dinero. Llevaba gafas y tenía aspecto de estudiante. Hasta cierto punto, yo estaba enamorada de la idea de China, tanto que me parecía que mi marido había dejado de ser un hombre blanco y era un oriental. Creía que su olor era distinto al de los demás hombres.
 

Nos casamos y en seguida nos fuimos a China. 

 

Al llegar, encontré una casa adorable y exquisita, llena de sirvientas. No me extrañó que las mujeres fueran excepcionalmente hermosas. Así era como me las había imaginado. Me servían como esclavas, con adoración, creía yo. Me cepillaban el pelo, me enseñaban a arreglar las flores, a cantar, escribir y hablar su lengua.

Dormían en habitaciones separadas, pero las paredes eran como de cartón. Las camas eran duras, bajas, con una delgada colchoneta, de modo que al principio ella no dormía nada bien.

Mi marido se quedaba conmigo un rato y luego me dejaba sola. Yo comencé a oír ruidos en la habitación de al lado, que parecían como de una lucha cuerpo a cuerpo. Oía crujidos de las esteras y a veces murmullos sofocados. Al principio no comprendí lo que era. 

 

Una noche me levanté sin hacer ruido y abrí la puerta. Entonces… vi a mi marido echado entre dos o tres de nuestras sirvientas, que lo acariciaban. En la penumbra, los cuerpos estaban completamente enmarañados. 

 

Mi aparición las espantó. Y yo me puse a llorar.

 

Él se acercó y me dijo:

He vivido tanto tiempo en China que me he acostumbrado. Me casé contigo porque me enamoré de ti, pero no puedo disfrutar contigo como disfruto con las otras mujeres... y no sabría decirte la razón. 

Pero yo le rogué que me dijese la verdad, le rogué y le supliqué. Después de un rato me respondió.

 

Son sexualmente tan pequeñas, y tú, tú eres tan grande...

 

(Casi llorando) ¿Qué voy a hacer ahora?

 

¿Vas a devolverme a América? 

 

No puedo vivir aquí contigo si acaricias a otras mujeres al lado de mi cuarto.

 

Intentó consolarme y animarme. Incluso me acarició. Pero me di la vuelta y me dormí entre lágrimas. 

 

Al día siguiente, cuando estaba en la cama, vino a mi lado y me dijo, sonriendo:

Si dices que me amas y de verdad no quieres abandonarme, entonces déjame probar una cosa que puede ayudarnos a disfrutar.

Yo lo amaba, y estaba tan desesperada y tan celosa que le prometí hacer lo que me pidiera. Entonces mi marido se desnudó y vi que tenía el pene envuelto por un aparato de goma recubierto de pequeñas espinas. Eso le hacía el pene enorme y me asustó. Pero le permití tomarme de esa manera. Al principio dolía, a pesar de que las espinas eran de goma, pero cuando vi que él gozaba, dejé que siguiera... 

 

Ahora toda mi preocupación estaba en que ese placer lo hiciera volverse fiel. 

 

Me juró que así sería, que no volvería a desear las mujeres chinas. 

 

Pero me pasaba las noches despierta, atendiendo a los ruidos de su cuarto.

 

Una o dos veces estuve segura de oír algo, pero no tuve valor para cerciorarme. Me fui obsesionando con la idea de que mi sexo se hacía cada vez más grande y cada vez le proporcionaría menos placer. Por último, llegué a tal estado de ansiedad que me enfermé y empecé a perder la belleza. 

Decidió huir de él. Se fue a Shanghái y se instaló en un hotel. Había telegrafiado a sus padres pidiéndoles dinero para poder embarcarse hacia casa. 

 

En el hotel conoció a un escritor americano, un hombre alto, fuerte, muy activo, que me trataba como a otro hombre, como a un camarada. Salían juntos. Se daba palmadas en la espalda cuando se sentían felices. Bebían y exploraban Shanghái. Una vez se emborracharon en la habitación de ella y comenzaron a luchar juntos como dos hombres. Él no escatimaba ninguna clase de trucos. Estaban tirados por el suelo en toda clase de poses, retorciéndose y refregándose uno contra el otro. Él la cogió en el suelo, con las piernas alrededor de su cuello, y luego sobre la cama, con la cabeza colgando y rozando las baldosas. A ella le gustaba su fuerza y su peso. Al apretarse el uno contra el otro, ella olía su cuerpo. Jadeaban… gemían… en medio de esa lucha de cuerpos. Era un juego salvaje entre iguales… lucharon durante largo rato.

Cuando estaba con mi marido me sentía avergonzada de mi estatura y de mi fuerza. Aquel hombre las proclamaba en voz alta y las disfrutaba. Me sentía libre.

Eres como una tigresa. Y eso me gusta.

Cuando acabamos la lucha ambos estábamos exhaustos. Nos dejamos caer sobre la cama. Yo tenía los pantalones desgarrados y el cinturón roto. La camisa me colgaba por fuera. 

 

Nos reímos juntos. 

 

Tomamos otra copa. 

 

Yo jadeaba tendida de espaldas. 

 

Entonces él enterró la cabeza bajo mi camisa y comenzó a besarme el vientre y a jalarme de los pantalones. 

 

De pronto sonó el teléfono y me puse en pie de un salto. ¿Quién podía ser? Yo no conocía a nadie en Shanghái. Cogí el aparato; era la voz de mi marido. Como fuera, había descubierto dónde estaba. Hablaba y hablaba. Mientras tanto, mi amigo se había recuperado de la sorpresa del teléfono y proseguía sus caricias. Sentía tal placer hablando con mi marido y oyéndolo suplicarme que volviera a casa mientras mi amigo borracho y su lengua se tomaban todas las libertades… 

Había conseguido bajarle los pantalones, le mordía entre las piernas, aprovechándome de su postura sobre la cama, y le besaba y amasaba los pechos. 

El placer era tan agudo que prolongó más y más la conversación. Habló de todo con su marido. Él prometía echar a las sirvientas y quería ir por ella al hotel. Ella recordó todo lo que le había hecho en China, en la habitación de al lado, recordó su falta de escrúpulos para engañarla. Fue presa de un diabólico impulso.

No intentes venir a verme. Estoy viviendo con otra persona. 

 

En este mismo momento, está a mi lado y me está acariciando mientras hablo contigo. Oí a mi marido maldecirme con las más horribles palabras que se le ocurrieron. 

 

Me sentía feliz. 

 

Colgué el auricular y me hundí bajo el gran cuerpo de mi amigo. 

 

Desde entonces empecé a viajar con él...

La Tramontana había vuelto a abrir la puerta y ella fue a cerrarla, al empujarla dejó que el viento subiera su falda y me mostró su hermoso sexo… entendí la señal y me lancé sobre ella con violencia, como su amigo en aquel viaje en Shangai, Ella me tumbó al suelo, me arrancó el pantalón y empezamos una lucha sexual que nunca antes había tenido. El viento lleno de fuego calentaba nuestros cuerpos y estábamos mojados enteramente por el sudor.  Recorrí cada centímetro de ese enorme y escultural cuerpo.  

Los mordiscos de la Vikinga… su boca en mi sexo… el calor de sus labios… la suavidad de su lengua… 

 

La vikinga y la tramontana me hacían explotar de placer...  

 

Mientras el viento se calmaba ella se sentó. Yo sentí de nuevo cómo hervía mi sangre, y mi sexo se endurecía… pero ella se mantuvo quieta y en silencio... 

 

Al rato me fui.  

 

Al siguiente día, cuando nos encontramos en el pequeño mercado, ni siquiera dio la impresión de reconocerme.

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